GUATEQUES

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«La vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes.» (John Lennon)



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CADA UNO EMPIEZA SU HISTORIA EN MOMENTOS BIEN DEFINIDOS
Para nosotros la música, la de verdad, empezó en los Beatles. Lo de antes, las óperas y zarzuelas del abuelo, las coplas, los cantantes italianos, las tontas canciones que entendíamos no significaron ya nada.

Lo mismo ocurrió con las chicas. De ser invisibles o las insoportables amigas de nuestras hermanas pasaron a ser un fascinante motivo de atención, una irresistible atracción, un misterio insoluble pero constante, una necesidad de acercarnos lo más posible a esa incógnita y desvelarla.

Seguro que a ellas les ocurría lo mismo, o parecido, pero entonces ni lo sospechábamos. 

En ese entonces, unos y otras paseábamos por la Gran Vía, arriba y abajo, mirándonos, remirándonos... descubriendo que la atracción crecía junto a otras manifestaciones de cambios interiores que nos sorprendían y asustaban.

Un día hablamos a unas chicas en el Chacalak y todo era más sencillo, apasionante... éramos capaces de entendernos entre rubores y apariencia de naturalidad.

Otro día, milagroso, una de ellas, más avanzada o más ingenua, nos invitó a su casa a celebrar su cumpleaños. Allí nos fuimos, repeinados, intentando demostrar una seguridad que no teníamos, con nuestro pantalón campana, jersey corto y cuellos de camisa gigantes. Junto a sus padres, hermanos mayores y la abuela, bailamos la Yenka y otras delicias turcas del momento. Un horror.

Esta experiencia nos enseñó varias cosas... Que la familia, sobre todo la de ellas, cuanto más lejos, mejor... Que se podían organizar fiestas en una casa... Que preferíamos escoger nosotros mismos la música, optando por las canciones lentas para mejor demostrar nuestras aptitudes en el baile 'cheek to cheek'.


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PARECE SER QUE ESTAS IDEAS NO ERAN MUY ORIGINALES...
Nos enteramos que en el bar Mont Blanc, cerca de San Mamés, en un reservado en la parte superior había música y baile para gente de nuestra edad, lo que no era fácil entonces. Y allí nos fuimos, claro.

No recuerdo lo que nos cobraban pero sí que todos los asistentes, ellas y nosotros, alternábamos más o menos por los mismos sitios. El baile al aire libre de Artxanda, las matinales dominicales del Arizona, las del Yunque y después la Jaula, el Holiday... Estábamos tantas personas en un espacio tan reducido que por fuerza debíamos bailar -o lo que fuese- muy juntos. Aprendimos rápido. 

Esa experiencia nos enseñó que lo nuestro eran los guateques, así se llamaban.
Recuerdo muchos locales dónde se organizaban. De todo tipo. Algunos se montaban entre los amigos, haciendo un escote para las bebidas. Otros eran más profesionales, había que pagar a la entrada, con o sin bebida. A algunos entrábamos ya bebidos. De otros salíamos alterados.

Me vienen ahora a la memoria estos lugares: 

Tarzán, en Irala, que era un sitio pequeño e incómodo. Miguel cobraba en la puerta sin conocer amigos ni enemigos. Cobraba a todos. Estuve de disc-jockey y alternaba canciones lentas de Adamo con baladas de Otis Redding o los Rolling. Al grito de “¡Empieza el guás!...” se apagaba la luz y el que pillaba, pillaba. Se mantuvo años y resistió varios registros policiales.

El Piso en la calle Tívoli, que además de club de la cuadrilla se utilizó también como local de ensayo de varios grupos. En realidad eran dos, el de abajo y el de arriba. Merecerían un capítulo entero. Ahora parece increíble que aquel pequeño transistor con FM que conectaba con los primeros 40 Principales pudiera ser la única fuente sonora. Si aquellas paredes hablasen...

El jardín del chalet del hijo del escultor. Solo podíamos ir cuando su padre nos lo permitía y el tiempo era propicio... cuando no llovía ni hacía demasiado frío. A veces nos “perdíamos” en el almacén y era impresionante abrazarse en la oscuridad, entre estatuas ecuestres del Cid con la espada, serios maceros de piedra y sirenas melancólicas.

Un sótano en Ramón y Cajal de donde, la tercera vez que fuimos, nos desalojó el presidente de la comunidad -que estaba muy fuerte- en mitad de una canción de Lone Star.

El local de los Mitos en Trauko, que lo alquilaban a no sé quién. En la pared del retrete alguien hizo un agujero y se entretenía mirando por él cuando entraban las damas. Nos parecía un templo musical hasta que un día a la salida nos agredieron los vecinos del barrio. Desde las ventanas nos tiraban agua, huevos, tomates, nos insultaban y allí nos enfrentamos escaleras abajo, corriendo... pero sin perder la dignidad.

Una chabola en mitad de una campa en San Ignacio, justo dónde ahora está la salida del Metro en Sarriko. Creo que no había ni música. Silbábamos.

El sótano en Ciudad Jardín, con el tablero de mandos de la cabina de un avión. Música selecta y los cuadros de un pintor aficionado que utilizaba el espacio por las mañanas y que retirábamos para poder bailar o lo que fuera. Estaba en el chalet de un amigo y para entrar había que sortear al perro cuando estaba suelto. Tardes memorables en la oscuridad, de allí salieron noviazgos eternos. Bueno... eternos no. Largos. Se nos hacían largos.

Una habitación mínima sobre un bar en la carretera de Arcocha, en Galdácano.

Un taller de silenciosos de coche en la plaza Amézola. No tenía demasiada grasa en el suelo pero a la mitad aparecieron los grises, nos alinearon contra la pared, a chicas y chicos, nos requisaron el pick up y al hijo del dueño le pusieron una multa que pago su padre.

El local de Rekalde, inmenso, con varias habitaciones, precursor de la Jaula. Era lo más parecido a un guateque profesional.

En invierno, diferentes pisos de veraneo en Castro, Laredo, Villarcayo, Medina, Villasana de Mena, Lekeitio, Oriñón o Mundaka. Todos tenían un denominador común, no estaban los padres y hacía un frío insoportable.


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EN TODOS ESOS LUGARES...
y en otros que ahora no recuerdo, nos juntábamos en un progresivo descubrimiento de técnicas de acercamiento, del amor, de los celos, del sexo.
 
... de que bailar era un pretexto para compartir temperaturas y fiebres... de ir a la Palanca a comprar preservativos (en las farmacias no nos los vendían)... necesidad de otra o de otro, preludio de amoríos, noviazgos, bodas apresuradas, bodas pausadas –los divorcios vendrían después-.

Tragedias al ritmo de los Who, mi generación, cabellos cortos largos qué más da, historias apasionadas, intentos de suicidio, quiero un hijo tuyo, tragedias adolescentes, tu novia no tiene tetas, música y embarazos no deseados, los Beatles tarareando que todo lo que necesitábamos era amor y nadie nos había enseñado...

...que los chiquiteros nos llamaban melenudos y maricones, que qué sabrían ellos que venían -estaban- en una permanente represión de emociones y actuaciones, que la primera vez que di un beso junto al depósito de agua de Arabella casi se funden las luces de la calle, que cuando me quité la ropa junto a... no recuerdo como se llamaba, en la parte de atrás de un 600 fue una mezcla de equilibrio y pasión incontrolada...

...que con aquellos cambios de temperatura no comprendo cómo nuestros sistemas reproductores no venían de serie con termostato, que las luchas con cierres, botones, presillas y fajas eran una dura batalla... que los brazos rígidos eran una maldición femenina...

Que el tiempo pasa para todos pero que los guateques, en fin,  forman parte de nuestra memoria sentimental, colectiva.

Por cierto, el otro día vi a Raquel ¿recuerdas?, sí, aquella morena que conocimos en Arizona un domingo por la mañana, tocaban los Z-66... Pero, bueno, esa ya es otra historia.


Pedro Martínez
http://glup2.blogspot.com/


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